10.4.09

el leon risueño...



De las antiguas y las nuevas tablas de la ley

Aquí me siento y espero, rodeado de antiguas tablas de la ley rotas y también de tablas de la ley nuevas a medio escribir.
¿Cuándo llegará mi hora? La hora de mi descenso, de mi bajada, porque yo quiero volver otra vez al lado de los hombres.

Eso es lo que ahora espero: pues ante todo ha de venir el signo indicador de que ha llegado mi hora: el león risueño con la bandada de palomas.
Entretanto, me hablo a mi mismo como quien tiene tiempo.
Nadie me cuenta cosas nuevas; entonces me cuento yo a mi mismo.
Cuando visité a los hombres, los hallé instalados en una antigua presunción. Todos creían saber desde hacía mucho tiempo lo que es “bien” y “mal” para el hombre. Toda discusión sobre la virtud les parecía cosa vieja y cansada; y el que quería dormir, tranquilamente hablaba aún del “bien” y del “mal” antes de ir a acostarse.

Yo sacudí esta somnolencia cuando enseñé que nadie sabe aún lo que es bien y mal…si no es el creador.
Sólo el que crea una meta para la humanidad y le da a la Tierra su sentido y su futuro, sólo él crea el “bien” y el “mal” de todas las cosas.
Y yo les he ordenado que derriben sus antiguas cátedras y dondequiera que exista esa antigua presunción, les he mandado que se rían de sus grandes maestros de la virtud, de sus santos, de sus poetas y de sus redentores del mundo.

Les he mandado que se rían de sus sabios austeros y los puse en guardia contra los negros espantapájaros sentados en el árbol de la vida…y me he reído de todo su “pasado” y del mustio esplendor de ese pasado ruinoso.
A semejanza de los predicadores de cuaresma y de los locos, he gritado enojo y vergüenza contra sus grandezas y pequeñeces.

¡Qué pequeño es lo mejor de ellos! ¡Qué pequeño también lo peor!
Así me reía.

También gritaba y reía en mí, mi sabio deseo, una sabiduría verdaderamente salvaje, mi gran deseo alado nacido en las montañas. Y frecuentemente mi deseo me ha llevado muy lejos, más allá, hacia lo alto, en medio de la risa: y entonces volaba estremeciéndome como una flecha a través de los éxtasis ebrios del sol: volaba a futuros distantes que ningún sueño ha visto todavía, a sures más cálidos que los que han podido soñar jamás los artistas, allá donde los dioses bailarines se averguenzan de todas sus ropas.

A fin de hablar en parábolas y balbucir y renguear como los poetas ¡y en verdad me avergüenzo de tener que ser aún poeta!

Volaba adonde todo suceder me parecía bailes y caprichos de los dioses, y el mundo suelto y desenfrenado refugiándose hacia si mismo.
Donde todo el tiempo me parecía una deliciosa burla de los instantes, donde la necesidad era la libertad misma, que jugaba dichosa con el aguijón de la libertad.

Donde he vuelto a encontrar también a mi antiguo demonio y enemigo nato, el Espíritu de la Gravedad y todo lo que él creó: la compulsión, el dogma, la necesidad, la consecuencia, el fin, la voluntad, el bien y el mal.

Una vez más quiero volver al lado de los hombres: ¡entre ellos quiero desaparecer y ofrecerles al morir el más rico de mis dones!


…ASÍ HABLABA ZARATHUSTRA.

7.4.09

guerrero de la luz



Un guerrero de la luz siempre hace algo fuera de lo común.

Puede bailar en la calle mientras se dirige al trabajo, mirar los ojos de un desconocido y hablar de amor a primera vista, defender una idea que puede parecer ridícula. Los guerreros de la luz se permiten tales días.

No tiene miedo de llorar antiguas penas, ni de alegrarse con nuevos descubrimientos. Cuando siente que llegó el momento, lo abandona todo y parte hacia su aventura tan soñada. Cuando entiende que está en el límite de su resistencia, sale del combate, sin culparse por haber hecho alguna locura inesperada.

Un guerrero no pasa sus días intentando representar el papel que los otros escogieron para él.

PAULO COELHO

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